Dead Account, ¿nueva generación de shinigamis?
Hace no muchos años, cuando pensábamos en exorcistas de anime, la imagen mental era inmediata: túnicas negras, katanas gigantes y una enorme energía espiritual. Todos crecimos viendo a Ichigo Kurosaki en Bleach gritando “Bankai” para purificar hollows, o historias más apegadas al folclore como Fukigen na Mononokean (The Morose Mononokean), donde el trato con los yokais seguía sintiéndose como un ritual antiguo, casi sagrado. En esas narrativas, lo espiritual era pesado, físico y profundamente tradicional.
Sin embargo, los tiempos cambian y, al parecer, los espectros también han decidido actualizarse a la red 5G. La llegada de Dead Account plantea una premisa que podría sonar a chiste para los puristas del género, pero que resulta en una modernización interesante: ya no necesitas un rosario o una espada ancestral para combatir el mal, ahora basta con tener buena señal y un smartphone cargado.
Es curioso y hasta un poco sarcástico pensar en cómo ha evolucionado el concepto de la muerte en el manga. Hemos pasado de temerle a demonios que acechan en la oscuridad del bosque a tenerle pánico a espíritus que poseen cuentas de redes sociales. En el mundo de Dead Account, los fantasmas no arrastran cadenas por castillos viejos; se meten en los perfiles digitales de los fallecidos. Básicamente, el exorcismo moderno se parece más a borrar un historial de navegación vergonzoso o reportar una cuenta por spam, que a una batalla épica por el destino de la humanidad.
¿Qué hace diferente a Dead Account en el género sobrenatural?
La historia, escrita e ilustrada por Shizumu Watanabe, nos presenta a Soji Enishiro, un protagonista que dista mucho del héroe noble que busca justicia por el bien común desde el inicio. Soji es un creador de contenido, pero de ese tipo que genera polémica a propósito. Sin embargo, su motivación es noble: pagar las facturas del hospital de su hermana pequeña. Todo se derrumba cuando un espíritu maligno digital, conocido como “Sad Boy K”, ataca y mata a su hermana, convirtiéndola también en un ente digital.
Aquí es donde la serie brilla y se diferencia. Soji debe sumergirse en el mundo de los exorcistas modernos para vengar a su familia y destruir a Sad Boy K. Sus poderes no provienen de un entrenamiento milenario en las montañas, sino de una digitalización de habilidades. Su “ciber-kinesis” se manifiesta como llamas azules capaces de quemar a los fantasmas sin dañar a los seres humanos, una herramienta perfecta para limpiar el feed de la existencia espiritual.
El elenco que acompaña a Soji también rompe con los esquemas clásicos:
- Kukuru Kasubata: Un exorcista de mecha corta que detesta a los que buscan fama en internet. Con un pasado de delincuencia juvenil y problemas familiares serios (su padre lo culpa por la muerte de su madre), maneja su poder en forma de un martillo gigante.
- Kiyomi Urusugawa: Ella representa la estrategia a distancia. No le agradan los exorcistas que solo saben atacar de frente, por lo que su habilidad toma la forma de una pistola especial que dispara un limo restrictivo para inmovilizar a las amenazas.
Dead Account toma los tropos clásicos del shonen y los adapta a la era de la información. La idea de que nuestra huella digital pueda ser la puerta de entrada para lo sobrenatural añade una capa de “terror tecnológico” que se siente muy vigente. Si bien extrañamos la solemnidad de los viejos rituales sintoístas, hay que admitir que ver a una nueva generación “banneando” demonios tiene su propio encanto caótico.
Al final del día, esta obra nos recuerda que, sin importar si usas una katana o una aplicación móvil, la esencia de estas historias sigue siendo la misma: proteger a los que ya no están y cuidar a los que se quedan. Es una lectura obligada si buscas acción rápida y una crítica, quizás involuntaria, a nuestra obsesión por vivir conectados, incluso después de la muerte.
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